Por
su contextura física como de 12 años, por su conocimiento en las actividades
del campo como de 14 años, por su rendimiento en la escuela como de 16 años,
por sus decisiones personales como de 18 años, su edad real nueve años vividos
a plenitud y libertad, ya que desde los ocho años su actitud es la de un joven
independiente.
Prefiere andar solo o acompañado de personas mayores,
entre los niños de su edad es el mas maduro, grande, temerario e independiente,
tiene la mejor puntería con la honda, lo ven como un líder, a esto no le da
mucha importancia, no le agradan los halagos y por eso es que los evita siempre
que puede.
Su maestra dice que es inteligente pero desaplicado, que
tiene mucha iniciativa y es rápido para responder casi sin pensarlo, es parco
para hablar y a veces parece que estuviera en otra parte, que cuando tiene esa
actitud seguro que está pensando en sus “asuntos personales”.
Desde que entró a la escuela usa pantalones largos que
hereda de sus primos, ya que cuando lo inscribieron por primera vez lo
asignaron al 4º. grado y solo tenia ocho años lo cual era inusual. Por esto era
el mas pequeño y de menor edad en su salón, sus compañeros lo cuidaban como su
mascota, lo protegían y nadie se podía meter con el.
En un bolsillo trasero del pantalón lleva la honda que no
la suelta ni para dormir, en el otro bolsillo un cuaderno plegado en dos donde
con un rabito de lápiz anota todo lo que la maestra les dicta en clase. Tiene
tres hermanas mayores que a instancias de su padre lo ayudan a pasar esas notas
a los cuadernos y que para que pueda estudiar, algo que casi nunca hace.
Amarrada
al cinturón una media vieja, con piedras seleccionadas con esmero para que sean
lo mas redondas posible y del tamaño adecuado, le sirve de cartuchera para
guardar “las municiones” de su inseparable honda.
La honda
se la hizo el tío que mas quiere, además de que es el único que tiene; es una
buena honda, es la mejor honda que pueda
haber en el pueblo, es una honda para hombres. El tío le ha enseñado las artes
y las mañas del campo y lo mas importante para el, las de la cacería. Es un
experto cazando iguanas, le precede la fama, no hay nadie como el en el pueblo
ni hombre que lo iguale, las tumba de los arboles de una sola pedrada y le dice
al tío donde van a caer quien las agarra en el aire, son la pareja perfecta, no
hay quien les gane en eso de cazar iguanas.
Su día
normal empieza a las cinco de la mañana, duerme en el patio de su casa en una
hamaca que cuelga en la enramada que sirve de cocina y comedor. A esa hora lo
despierta el mudo, quien es un señor que trabaja en la casa como mozo, para que
se vaya a una pequeña finca de la familia en las afueras del pueblo, (ni muy
acá ni tan allá) a buscar la leche de unas vacas que ahí ordeñan y venden en su
casa.
El mudo
le acomoda los aperos a su burro, un par
de cantaros con agua limpia y víveres para los trabajadores de la finca, su perro
ladra en la calle apurando la partida. El burro se lo “regaló” su papá, se llama pichirilo,
es muy inteligente, avisa cuando va a llover y rebuzna como loco cuando tiene
hambre o sed y lo mejor, le advierte cuando hay culebras en el camino, o
cualquier otro peligro.
El perro se lo encontró una noche que estaba con su tío
cazando conejos en unos pajonales cerca de la finca de su papá. Aun no había
abierto los ojos y chillaba que daba lastima. Como estaba de vacaciones
escolares, vivía en la finca y pudo cuidarlo hasta que empezó a comer solo.Era
un perrito feo, solo orejas y arrastraba la barriga por el suelo, todos le decían que se
le iba a morir, le dio diarrea porque lo alimentaba con leche de vaca, la señora
que cocinaba en la finca le hizo un hervido con hierbas que la paró la diarrea
y le rebajó la barriga, seguro que botó las lombrices.
Jamás desistió de cuidarlo, como si fuera la misión mas
importante de su vida, y lo hacia con determinación y esmero. Nadie entendió
porque le puso al perro el nombre de chocolate, cuando lo llamaba para
acariciarlo o premiarlo con algo le decía “choco”. Era de color negro intenso y
se convirtió en un perrote que metía miedo, los perros del pueblo cuando lo
veían venir corrían a esconderse.
Enseñó al perro a acompañarlo a todas partes menos a la
escuela porque estaba prohibido. Chiquitico lo metía en una mochila y se lo
llevaba para donde fuera, le daba igual si era a pie o montado en el burro,
hasta que tuvo fuerzas para seguirlo caminando. El perro y el burro se
convirtieron prácticamente en sus únicos amigos, era un trio inseparable, verlo
montado a el en el burro y al perro a su lado, era ya algo muy natural para los
habitantes del pueblo.
En la madrugada, todavía medio dormido, el mudo lo
ayudaba a montarse en el burro; el movimiento acompasado del burro lo dormía
nuevamente, era como si se estuviera meciendo en la hamaca. Apenas choco veía
salir al burro por el portón de la casa se iba corriendo adelante persiguiendo
a todo animal que encontrara a su paso, pichirilo con su andar pausado seguía a
choco que de vez en cuando se detenía como para esperarlo, pero en todo caso
ambos se conocían el camino.
Los ladridos del perro y el andar del burro lo mantenían
dormido, en un equilibrio precario de un movimiento oscilante e irregular como
el de un péndulo invertido ya a punto de caerse, nadie sabe como lograba
mantenerse montado en el burro y solo lo despertaba la inmovilidad del burro y
el silencio del perro cuando llegaban a cierto punto del camino donde había una
talanquera que cerraba el paso para entrar a los terrenos de la finca de su
papá.
Se bajaba casi obligado del burro para rodar los troncos
y de ahí en adelante seguía a pie tratando de cazar codornices que a esa hora
estaban saliendo de sus nidos. Estas palomitas se las vendía a una familia que
tenía un señor mayor muy enfermo, también le compraban conejos y armadillos que
el lograba cazar a esa hora porque en el día era difícil.
Desayunaba en el monte (así le decían a la pequeña finca)
mientras le acomodaban la leche en el burro y para atrás rapidito ya que al
llegar a su casa tenia que ir a la escuela, pero no perdía el tiempo y en el
viaje de regreso seguía tratando de cazar, al llegar al pueblo entregaba su
cacería junto con yucas, ahuyamas y
aguacates que se traía del monte para venderlas y tener para sus gastos.
Los días que no iba a la escuela cortaba leña que le
vendía a una señora que regentaba un restaurant y le pagaba con comida. Casi siempre almorzaba en ese lugar.No
le temía a nada ni a nadie y un sábado que venia del monte con una carga de
leña, se metió por el cementerio del pueblo para cortar camino y descubrió que
había torcazas, que es una palomita grande. No pudo cazar ninguna porque choco
se las espantó, pero desde ese día cuando salía por las tardes de la escuela,
sin decirle a nadie ni pedir permiso, se metía en el cementerio y cazaba las
palomitas.
Un día lo encontró
el vigilante del cementerio y le advirtió que era malo cazar esas palomitas
porque eran las que acompañaban y cuidaban a los muertos, por supuesto no le
creyó nada y siguió en su tarea de cazarlas y cuando se encontraba con el
vigilante le ofrecía algunas pero este siempre se las rechazaba, lo que a el le
hacia mucha gracia.
Cazar estas palomitas se había convertido en algo
cotidiano y así un día con otro y este con aquel, iba hilvanando sus días
haciendo de ellos su diario vivir muy diferente a los días de los niños de su
edad. Para el un lunes era igual que un jueves o un domingo, la única
diferencia era ir o no a la escuela que en todo caso el iba cuando quería.
Un jueves santo como a las nueve de la mañana, hacia como
dos horas que había regresado del monte con la leche, estaba en el patio de la
casa tumbando mangos verdes para vendérselos a una señora que se los había
encargado para hacer jalea, (es costumbre en los pueblos hacer dulces en semana
santa) oyó a su tío en el frente de la casa llamándolo para que lo acompañara
al monte a cazar iguanas ya que no tenia dinero para comprar pescao.
Su papá no quería dejarlo ir, les decía que era un pecado
ir a cazar en semana santa, pero mas pudo la insistencia de su tío y las ganas
de salir de la casa. Termino de recoger los mangos para entregárselos a la
señora cuando fueran por el camino, le puso los aperos a pichirilo que
todavía estaba comiendo y rebuznó protestando.
Choco veía los preparativos del viaje y ladraba alrededor
de pichirilo que todavía estaba protestando, algo raro en el perro que siempre
esperaba en la calle, envainó su machete y lo acomodó en la silla de montar,
comprobó que tenia la honda y las municiones, se montó en pichirilo que no
dejaba de resoplar y salió detrás de su tío rumbo al monte de su papá dispuesto
a tumbar unas iguanas.
El camino solitario, el viaje en silencio, una quietud
que molestaba, no se movía ni una paja, parecía que los animales del monte se
habían quedado escondidos en sus guaridas y las aves estaban todavía
acurrucadas en sus nidos.
Los burros andaban lentamente como pidiéndole permiso una
pata a la otra para caminar, no mordisqueaban las hierbas que crecían a la
orilla del camino y choco en una actitud muy extraña, no corría como siempre
delante de todos, sino que por el contrario cerraba la marcha detrás de
pichirilo, de vez en cuando se ponía a su lado y miraba al jinete como tratando
de decirle algo.
Pichirilo era un burro muy inteligente, cuando llegaron
al lugar de la talanquera se resistió a pasar, como si sintiera o presagiara
algo, pero el tío lo obligó y siguieron el viaje. Al fin llegaron a la finca
después de un largo y tedioso viaje. Encontraron a los trabajadores y a la señora que cocinaba,
sentados alrededor del mesón en la enramada que les servía de cocina y comedor,
tomando café y contando cuentos de aparecidos.
Cuando el tío les dijo en lo que andaban, se miraron con
cierta picardía y uno de ellos, el mas viejo, les dijo: “Vinieron a perder el
tiempo, las iguanas se escondieron o se fueron todas pa misa, pero ayer cazamos
un cochino de monte y se pueden llevar un buen pedazo”.
A todas estas ya el tío estaba casquirrioso, sentado en
un taburete arrecostado a un horcón de la enramada y con una taza de café tinto
en la mano les dijo, como si ya no le quedara de otra: “Bueno que carajo,
esperemos que los burros descansen un poco, tomen agua y nos devolvemos para el
pueblo”. Todo esto con cara de desencanto.
El muchacho agarró el machete, se aseguró que tenía la
honda en el bolsillo, revisó las municiones y ya caminando, sin esperar que
alguien le respondiera dijo: voy a bajar al jagüey para ver que se me pega. El
tío solo alcanzo a gritarle, “te apuras que ya nos vamos”.
Choco fiel a su dueño lo siguió en silencio, remolón, la
actitud que tenia el perro desde que salieron del pueblo lo tenia intrigado,
pero no dijo nada, llegó al jagüey y no había ni una vaca tomando agua, algo
extraño, a lo lejos en una rama una paloma, pero no quiso arriesgarse a perder
una piedra y se quedó en la orilla inmóvil atento para ver que se movía
Choco se echó un poco mas atrás, en silencio, expectante,
como esperando algo. En la superficie del agua se movió algo y lo que fue se
sumergió enseguida dejando hondas en el agua y no pudo saber que era, “a lo
mejor una iguana o una babilla” se dijo
para sus adentros y siguió quieto, pendiente, preparado con la honda en las
manos.
Pero algo raro sucedía, el jagüey era un lugar donde se
acercaban a beber agua toda clase de animales, y ahora estaba tan solo y en
silencio, muy quieto para su gusto, el silencio se podía tocar y el ambiente
estaba tan pesado como una lapida de las que veía en el cementerio, pero aun no
comprendía nada de lo que estaba pasando.
Del pajonal voló una paloma, le tiró una piedra pero no
le pegó, el nunca fallaba “eso fue que no le apunté bien” se consoló a si mismo. Choco aulló como
avisándole que algo no estaba bien, lo que aguzó sus sentidos y miró alrededor
buscando lo que había alterado a su perro, pero no vio nada.
Del pajonal salía
un ruido tenue pero audible, y empezó a moverse como si algo viniera
caminando por dentro de las matas de paja, “será un cochino de monte” pensó, saco de la media vieja una piedra
grande y la puso en la honda.
De las matas de paja salió un ave parecida a una paloma,
pero tan grande como una gallina, rápidamente estiró su honda, apuntó con
cuidado y lanzo la piedra. La extraña ave ni se movió y la piedra le pasó
zumbando por un lado de la cabeza. Choco ladraba a su lado con desespero sin
atreverse atacar al ave, mas bien se echaba pa tras, de pronto el ave se irguió
y ahora estaba el doble de alto, casi como un pavo.
Decidió entonces tirarle una piedra al pecho, pero por
mas que le apuntó con cuidado la piedra no tocó al pájaro que ya había crecido
como un pavo gigante.Choco seguía ladrando y por mas que se lo azuzaba al
pájaro el perro no lo atacaba, mas bien se lo puso atrás y ni cuenta se dio en
que momento el perro se metió el rabo entre las piernas y se fue aullando a
toda carrera para donde estaba el tío con los trabajadores de la finca.
La extraña ave seguía creciendo y ahora estaba casi tan
grande como un avestruz, las plumas que en un principio eran de un color cenizo
ahora estaban de un negro intenso.Con
rabia le grito al pájaro con desespero e impotencia pero sin miedo, “si no te
pegan las piedras te puedo cortar la cabeza”.
Empuñó el machete con decisión y se plantó de frente al
ave dispuesto a todo. Se miraron como estudiándose y el internamente se decía
para darse animo: “No vayas a correr, nojoda”. El pájaro seguía mirándolo,
ahora como con burla y de pronto soltó un desagradable y fuerte graznido,
parecido a una risa sarcásticaque se escuchó claramente en la casa de la finca
en el preciso instante que llegaba choco despavorido aullando muerto de miedo y
con el rabo entre las patas.
El tío reaccionó de inmediato y machete en mano salió
corriendo, junto con los dos trabajadores de la finca, hacia el jagüey
presagiando una tragedia, ahora choco ladrando con fuerza corría adelante para
indicarles el camino.
Estaban ya cerca y oyeron otro graznido que paraba los
pelos, aunque a decir verdad ya el tío los traía de punta desde que pichirilo
no quiso pasar por la talanquera, llegaron al jagüey agitados por la carrera y
la vieron, sin creer lo que veían; una paloma negra, tan negra como la noche y
tan grande como el muchacho que a seis metros de distancia aproximadamente
esgrimía su machete apuntando al pecho del pájaro extraño que ahora emitía
sonidos cortos y guturales, parecía que se estuviese riendo de ellos.
El extraño pájaro camino lentamente hacia el jagüey, se
movía como un pingüino, y sin dejar de mirar a los que ahora parecían estatuas
de piedra, se fue metiendo al agua como si fuera una persona, lanzó un último
graznido sordo, profundo fúnebre y desapareció en el agua sin que se notara
algún movimiento en la superficie de esta.
Reponiéndose del susto miraban con curiosidad al muchacho
que parecía hipnotizado mirando fijamente el lugar por donde había desaparecido
el pájaro en el agua. Este se fue volviendo lentamente y
todavía con el machete en alto, los miro retador fijo a los ojos, sin pestañear
y como quien sale de un trance les gritó: “Esa vaina me tuvo miedo, nojoda”.
Subieron lentamente a la casa, el muchacho adelante con
la cabeza erguida, ufano, como si hubiese obtenido un triunfo en alguna
batalla, choco enredándosele entre las piernas, contento de ver a su amigo sano
y percibido del papel que había jugado en el episodio, su tío y los dos
trabajadores todavía tratando de entender lo que había pasado caminaban en
silencio, el mas viejo logró pronunciar
después de pensarlo mucho solo dos palabras,“jueves
santo”.
El regreso al pueblo, en silencio, rumiando los
acontecimientos, choco adelante como era su costumbre, él montado
tranquilamente en pichirilo que ahora mordisqueaba una que otra pajita y el tío
con la mente en blanco y los pensamientos enredados, casi perdidos en la
confusión, sin entender nada, no sabia que hacer o decir, como si el comején le
hubiese horadado la madera del cerebro.
Antes de llegar al pueblo, el tío, ya en aparente
sosiego, se bajó del burro, llamó al muchacho, se sentaron a la sombra de un
árbol. De su mochila sacó un pedazo de panela y otro de queso, compartió con el
muchacho, le dio un pedazo de panela a choco y comieron en silencio, tomaron
agua y antes de montarse nuevamente en los burros le dijo al sobrino: “No le
digas a nadie lo que pasó en el monte,pero pelao de mierda, mas nunca salgo a
cazar contigo, me diste un buen susto, nojoda”.
El siguió su vida normal, su rutina diaria y cuando
estaba en el monte, si tenia tiempo, agarraba el machete, la honda, llamaba a
choco y se iba al jagüey.
El señor mayor el que ordeñaba las vacas, el que había
visto la paloma gigante y conocía de los misterios del campo, al verlo salir
hacia el jagüey siempre le decía:
“ESTAS BUSCANDO LO QUE NO SE TE HA PERDIDO”.
Euclides Vargas Johnson
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