martes, 16 de septiembre de 2014

COSAS DE LOCOS


La locura es el refugio de los cuerdos, ya que de tanto creer que lo son, no se dan cuenta que lo están.
Cuando el loco hace o dice una genialidad, se piensa que es una persona brillante, siempre y cuando esta esté en el contexto de lo que piense la mayoría de la gente, ya que estas no lo dicen o no lo hacen para que no los tilden de locos. De la locura a la genialidad solo hay un paso y hay muchos que no saben que ya lo dieron,
El inadaptado es el que no esta de acuerdo con nada y en contra de todo, en mis tiempos de juventud se les llamaba excéntricos y llamaban la atención por su forma irreverente de vivir.
Cuando niño conocí al loco mas cuerdo que uno se pueda imaginar. El nunca se las dio de loco aunque lo parecía, y por eso lo llamaban loco. Deambulaba por las calles de mi pueblo sin meterse con nadie, los niños le tenían mucho miedo, menos yo que logré saber y entender el motivo de su aparente locura, y además era mi amigo.
Este loco me tenia curioso, como no pedía limosna ni aceptaba dinero de nadie, quería saber como y de que  vivía, no perdía ocasión de observarlo. Cuando yo no quería entrar a clases, (que era casi siempre) me iba para la playa y ahí estaba el loco, acostado en la arena, bajo la sombra de las matas de coco esperando el regreso de los pescadores para ayudarlos a sacar los botes del agua. Con el tiempo me enteré que esto lo hacia para colaborar ya que no aceptaba pago de ninguna clase.
Esta actitud del loco me intrigaba y un día decidí seguirle los pasos para ver que era lo que hacia durante el día, donde comía  y sobre todo donde dormía.
Era un día de competencias deportivas en la escuela y como hacia casi siempre me fui directo para la playa. Fue un día fabuloso de descubrimientos ya que pude desde ese momento entablar una relación con el loco que con el tiempo se convirtió en amistad.
Ya saludaba al loco cuando lo veía por ahí, pero ese día con algo de miedo pero sin temor me senté a su lado y le pregunté de sopetón; ¿Cómo te llamas? Me miró sin verme, como si yo fuera una cucaracha, y con una voz grave y bien modulada, parecida a la de mi profesor de lenguaje, me respondió: “Las personas me llaman barbuta, ya lo sabia, era por su barba y su pelo largo  enmarañado, pero mi nombre es José Manuel y me puedes llamar como quieras que a mi me da igual”. Yo todavía estaba nervioso pero quería saber mas y entonces le pregunté: ¿Por qué estas así? El loco me miro fijamente a la cara y pensé que no me iba a responder nada, pero entonces se acostó en la arena, puso sus brazos como almohada y empezó a hablar.
“Era de una familia adinerada que se dedicaban a la construcción de edificios y casas, eran dueños de haciendas de ganado, tenia un hermano y dos hermanas que el quería mucho, su mamá venia a verlo todas las semanas y cuando estaba barbudo ella misma lo afeitaba. Era estudiante del último año de ingeniería aeronáutica, pero de tanto estudio el cerebro se le cansó y empezó a olvidarse de las cosas y ya no pudo seguir en la universidad”.
“El medico aconsejó a la familia que lo llevaran a un lugar tranquilo donde sin ninguna preocupación pudiera recuperarse y su cerebro  volviera a la normalidad, pero lo que mas me llamó la atención fue que me dijo que el no estaba seguro que su cerebro pudiera volver, pero era él quien no quería hacerlo”. El loco me dejó loco.
Nos quedamos un largo rato acostados en la arena, callados, absortos en si mismos hasta que llegaron los pescadores, los ayudamos a bajar la pesca, sacamos los botes del agua y cuando terminamos un pescador me regaló tres pescados mas o menos grandes, no sabia que hacer con ellos ya que no podía llevarlos a mi casa porque tenia prohibido ir a la playa. El loco me vio indeciso y me dijo vamos para donde Maria.
Caminamos un largo trecho por  la playa hasta que llegamos a una de las últimas casas a la orilla del mar. Estaba construida toda de madera con techo de zinc, sin puertas ni cerca, (al loco José Manuel no le gustaban las puertas ni nada que semejara encierro) el patio era una especie de taller o un pequeño deposito de chatarra. Resulta que uno de los “trabajos” del loco era reparar cualquier artefacto eléctrico o mecánico que le llevaran incluyendo carros, motos y bicicletas, lo mejor del asunto era que no le cobraba a nadie, claro el reparaba las cosas cuando  le daba la gana.
Cuando  lo visitaba y lo encontraba en el taller hacia que lo ayudara, le pasaba las herramientas, lavaba con kerosén las piezas y hacia todo lo que me dijera, lo curioso del caso era que el no aceptaba que “los clientes” se quedaran esperando o que quisieran ayudarlo, si insistían hacia que se llevaran sus artefactos. Aprendí muchas cosas de mecánica con José Manuel.
Me acuerdo un día que reparó una pequeña moto y para probarla me montó en la moto y me fue indicando como se manejaba hasta que logré dominarla y  gozamos muchísimos sobre todo cuando se enterraba en la arena y teníamos que empujarla para sacarla. Cuando llegó el dueño de la moto se puso bravo y José Manuel solo le dijo que la estaba probando y que cuando se le dañara buscara otro que se la arreglará.
En esta singular y atractiva casa vivía mi loco cuerdo, su familia compró o  alquiló el terreno e hicieron la casa y se trajeron un matrimonio para que lo cuidaran. Cuando llegamos el esposo de la señora María estaba durmiendo en una hamaca, que además de colaborar con la limpieza de la casa era su otro pasatiempo. La señora María, o María como le decía el loco, y yo de ayudante hicimos  una tremenda sopa de pescado que repetíamos cada vez que podíamos así no estuviera el loco.
Me convertí en un visitante asiduo a esa casa, tanto que se convirtió como mi segundo hogar, ya que pasaba mi tiempo en la escuela y donde el loco y a mi casa solo iba a dormir. José Manuel me ayudaba a estudiar, se convirtió como mi tutor empecé a sacar buenas notas y deje de faltar a clases, hasta mi maestro estaba asombrado de mi rendimiento.
El loco entraba y salía de su casa a cualquier hora y como quisiera, a veces me dijo la señora María se desnuda y se va a caminar y bañarse en el mar y no le importa que sea se día.
 Una vez se lo llevaron preso, y a duras penas la señora María lo ayudo a ponerse unos interiores  pero lo soltaron de inmediato ya que hablé con mi papa que era el alcalde del pueblo y le dije que barbuta era mi amigo. Mi papá me firmó una boleta para que la policía me lo entregara y me fui con mi loco en interiores y yo sin camisa agarrados de la mano por toda la mitad de la calle hasta que llegamos a su casa. Cuando la señora María nos vio llegar casi que se muere de la risa y decía “ustedes son un par de locos”.
Después de ese día mis compañeros de estudio me miraban raro y decían que yo estaba loco o me faltaba poco, no les ponía atención y  seguía frecuentando la casa de José Manuel y estudiando con el loco. Ahora que lo pienso me doy cuenta realmente que los únicos cuerdos que vivian en mi pueblo eran José Manuel y yo.
Este loco influyo bastante en mi manera de ver las cosas, sobre todo las que tenían que ver con los bienes materiales, ya que se desprendía fácilmente de cualquier cosa sin importarle a quien se las daba. Si no fuera por la señora María regalaba hasta los víveres que la familia le traía todos las semanas El tenia una palabra para calificarlas  que yo no entendía; “son efímeras y recuperables”. Aprendí de él a no tenerle apego a nada material.
Un día mi papá llegó a la casa diciendo que en la alcaldía  no había una  maquina de escribir que sirviera a lo que yo le propuse que si quería le decía a barbuta para que las arreglara, a lo que mi papa me dijo que si yo estaba loco. Que vaina, no me creía pero al fin no se que pasó y un día me dijo “bueno dile al loco que pase por  la alcaldía para que hablemos”.
Cuando le dije a mi papá que tenia que llevárselas a su casa puso el grito en el cielo y me dijo que yo estaba mas loco que el loco, pero al fin lo convencí y me fui con un policía a la casa del loco con una maquina de escribir en una carretilla, cuando llegamos no estaba pero yo la llevé hasta el taller y le dije al policía que se fuera.
El asunto fue que José Manuel le arreglo todas las maquinas de escribir a la alcaldía y cuando se dañaba cualquier aparato se lo llevaban a su casa, sobre todo los ventiladores que siempre estaban malos.
Un domingo José Manuel se metió en la iglesia cuando el cura estaba dando la misa y a lo que este lo vio se puso todo rabioso y lo mandó a sacar con la policía. José Manuel no era agresivo y salió tranquilo pero al llegar a la puerta le grito al cura “Dios también está en la playa”. Al otro día le pregunté que porque había dicho eso y me respondió que “Dios esta en el lugar de los que están con él y por lo tanto está aquí en la playa”.  Que gran loco cuerdo.
Me toco irme a estudiar a la ciudad y ya solo lo veía los fines de semana pero ahora me ayudaba con mis clases mas que antes ya que  estaba en bachillerato. Muchas veces dormía los viernes y los sábados en su casa, pero un día sucedió lo jamás pensado.
Llegué un viernes en la tarde a mi casa y me fui al cine con los amigos al otro día después de desayunar agarré mis tareas y salí corriendo para donde José Manuel y encontré la casa vacía, hasta su taller había desaparecido, solo quedaba el techo. Fui a donde los vecinos pero ellos no supieron o no  quisieron contestarme nada.
 En el pueblo nadie me dio razón de lo que había pasado, era como si nada especial hubiera pasado, no extrañaban al loco, le pregunté a los pescadores y solo dijeron que tenían días que no lo veían.
Esta situación me tenía en un estado oscuro e inexplicable. Era como si José Manuel no hubiera existido y solo yo era el que lo había conocido. Para borrar lo nefasto que a cada momento elucubraba mi mente me inventé mi propia historia de los hechos; La familia de José Manuel llegó un día al pueblo con el medico, lo chequearon y diagnosticaron que ya estaba sano, recogieron todas sus pertenecías y se fueron nuevamente de donde vinieron.
José Manuel volvió a la universidad, se graduó y ahora cuando veo un avión que pasa raudo por el aire se que ahí va el loco barbuta, mi amigo, mi maestro, como ingeniero de vuelo.
Que Dios guarde a los locos de los cuerdos.
Euclides Vargas Johnson




lunes, 1 de septiembre de 2014

ME LLAMAN PEPE


Ese es mi nombre y estoy acomodado en una rama en lo mas alto de una mata de mamón.
Amanecí en esta rama y estoy pensando que hacer, oigo que me están llamando de la casa para desayunar y no me decido a bajar o quedarme un rato mas, no se.
Estoy aquí desde ayer y anoche sentí mucho miedo, oía ruidos que no sabía quien los provocaba, si eran animales o el viento que movía las ramas, pero sea lo que sea me dio miedo.
Tengo buena memoria y aprendo rápido y estoy recordando como fue que llegue a esta casa. Yo era el mas pequeño de mis hermanos y una mañana que mis padres salieron a buscar comida, mis dos hermanos mas grandes y fuertes que yo,  a empujones  me sacaron y me dejaron fuera de la casa.
Cuando estaba en esta triste situación pasaron dos muchachos que al verme allí tirado en el suelo llorando y casi desnudo me agarraron y me llevaron. En el trayecto, trataba de hacerles entender que me dejaran tranquilo, pero que va, ellos como que no entendían y no pararon hasta que llegaron a un lugar donde me dejaron en las manos de una señora, que después supe que era su mamá.
En ese lugar vivían un señor y una señora (José y María), los padres de los dos muchachos (Pedro y Pablo). El día que llegue a esta casa la señora María me envolvió en un pequeño paño y empezó a alimentarme poco a poco con leche y pan, esto lo hizo hasta que pude comer solo.
Me integraron a su familia, me sentía cómodo, me olvidé de mis hermanos pero no de mis padres que no se que hicieron al regresar a la casa y no encontrarme, pero en fin ya pasó. Me pusieron por nombre Pepe. Durante el día puedo ir donde quiera pero por las noches para dormir, no se porque, me meten en un lugar.
Cuando camino se ríen de mí, dicen que parezco un borracho. Nunca he visto uno por lo que no me hace mucha gracia al asunto. Me gusta permanecer en mi lugar desde donde puedo ver todo lo que pasa a mi  alrededor. Me enseñaron a hablar y repito todo lo que oigo sobre todo groserías, cuando tengo hambre armo un escándalo para que me den  comida.
Un día decidí explorar un poco mas allá de mi pequeño entorno y me monté en esta mata de mamon, como a tres metros de altura me puse a pensar que si me costaba tanto caminar, a lo mejor podía volar, miré para abajo, no tuve que animarme mucho y sin mas me lance al vacio y fui a parar directo al suelo, tragué arena por los ojos y la boca. Estuve un rato mirando para arriba y deduje que me había lanzado de muy poca altura.
Volví a subirme a la mata de mamòn y ahora con mas trabajo ya que me dolía el pecho. Cuando llegué a la mitad del árbol me detuve a descansar, mire la altura y me dije ahora si volaré. Estuve como una hora allí en esa rama imaginándome en el aire haciendo piruetas, sopló una brisita alentadora y decidido me lancé nuevamente al vacio.
Caí como una piedra y me di un trancazo en el trasero, quedé casi desmayado, intente pararme y no pude, pero poco a poco  me fue pasando el mareo; cuando logre incorporarme me fui otra vez para la meta de mamom y me subí, ahora lo hice con mucho esfuerzo y voluntad pero  decidido a terminar lo que había empezado y así llegue a lo mas alto de esta mata de mamòm y como les conté al principio estoy aquí en esta rama pensando que hacer.
Tengo miedo de lanzarme otra vez porque si no logro volar me puedo matar o bajarme de esta mata y seguir caminando como un borracho.
No se que hacer, oigo claramente a la señora María llamándome a desayunar, tengo hambre y aquí arriba sopla mucha brisa.
Por cierto no les he contado que soy un lorito real, ja ja ja.

Euclides Vargas Johnson

REALIDAD SOÑADA


Una pequeña vara seca, sembrada en una piedra porosa e inmóvil, adornada con guirnaldas decembrinas semejando frutos, le daba un tenue colorido al cuartucho insalubre sin ventanas, donde una sabana vieja, sucia y transparente servía de puerta, en el suelo terroso una estera rota  para dormir, con un par de zapatos sin suela y sin cordones rellenos de trapos servía como almohada.
En ese mísero cuarto lleno de esperanzas no cumplidas y sueños irrealizados, con el escuálido techo de paja rozando su cabeza, los pies sucios de polvo del piso de arena, vivía el soñador impenitente y soñoliento por la vigilia del día y el deambular nocturno y determinado.
Impenitente en su pensar nebuloso, y determinado en ir a ninguna parte. En el día rodeando su cuartucho buscando la sombra que este gentil e irremediablemente le daba y de noche el caminar sin aliento a su alrededor, con el fardo a cuestas lleno de ilusiones que con el tiempo ya se hacía imposible de cargar.
Hasta que llegó su libertad, pero no como el lo hubiere imaginado sino con la inevitable realidad de la vida, el día, uno cualquiera de tantos, que decidió darle el frente a la luz del sol y se quedó sentado  en un mismo lugar y cuando lo cubrió la noche, permaneció allí sentado en la arena, recostado a la pared de barro del hueco que le servía de refugio, imperturbable e inconsciente y en un instante de lucidez inocua también decidió no ir a su continuo vagar a algún lugar detrás de algo que durante muchas noches de caminar sin rumbo no había encontrado al no saber que era lo que estaba buscando.
Y así llegó la nueva mañana y la noche, y otra mañana y otra noche y él siguió allí inmóvil para siempre sin haber encontrado su anhelado destino, pero que inexorablemente este sin buscarlo lo había encontrado a él.
El sol calentaba pertinaz y sofocante lo que despertó al hombre que sobresaltado no supo que hacia en medio del sol, solo atino a levantarse  para entrar apresurado al cuartucho sin comprender si lo que veía era que lo había soñado o era la realidad de su diario vivir.

Por Euclides Vargas Johnson