lunes, 1 de septiembre de 2014

REALIDAD SOÑADA


Una pequeña vara seca, sembrada en una piedra porosa e inmóvil, adornada con guirnaldas decembrinas semejando frutos, le daba un tenue colorido al cuartucho insalubre sin ventanas, donde una sabana vieja, sucia y transparente servía de puerta, en el suelo terroso una estera rota  para dormir, con un par de zapatos sin suela y sin cordones rellenos de trapos servía como almohada.
En ese mísero cuarto lleno de esperanzas no cumplidas y sueños irrealizados, con el escuálido techo de paja rozando su cabeza, los pies sucios de polvo del piso de arena, vivía el soñador impenitente y soñoliento por la vigilia del día y el deambular nocturno y determinado.
Impenitente en su pensar nebuloso, y determinado en ir a ninguna parte. En el día rodeando su cuartucho buscando la sombra que este gentil e irremediablemente le daba y de noche el caminar sin aliento a su alrededor, con el fardo a cuestas lleno de ilusiones que con el tiempo ya se hacía imposible de cargar.
Hasta que llegó su libertad, pero no como el lo hubiere imaginado sino con la inevitable realidad de la vida, el día, uno cualquiera de tantos, que decidió darle el frente a la luz del sol y se quedó sentado  en un mismo lugar y cuando lo cubrió la noche, permaneció allí sentado en la arena, recostado a la pared de barro del hueco que le servía de refugio, imperturbable e inconsciente y en un instante de lucidez inocua también decidió no ir a su continuo vagar a algún lugar detrás de algo que durante muchas noches de caminar sin rumbo no había encontrado al no saber que era lo que estaba buscando.
Y así llegó la nueva mañana y la noche, y otra mañana y otra noche y él siguió allí inmóvil para siempre sin haber encontrado su anhelado destino, pero que inexorablemente este sin buscarlo lo había encontrado a él.
El sol calentaba pertinaz y sofocante lo que despertó al hombre que sobresaltado no supo que hacia en medio del sol, solo atino a levantarse  para entrar apresurado al cuartucho sin comprender si lo que veía era que lo había soñado o era la realidad de su diario vivir.

Por Euclides Vargas Johnson

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