Una
pequeña vara seca, sembrada en una piedra porosa e inmóvil, adornada con
guirnaldas decembrinas semejando frutos, le daba un tenue colorido al cuartucho
insalubre sin ventanas, donde una sabana vieja, sucia y transparente servía de
puerta, en el suelo terroso una estera rota para dormir, con un par de zapatos sin suela y
sin cordones rellenos de trapos servía como almohada.
En
ese mísero cuarto lleno de esperanzas no cumplidas y sueños irrealizados, con
el escuálido techo de paja rozando su cabeza, los pies sucios de polvo del piso
de arena, vivía el soñador impenitente y soñoliento por la vigilia del día y el
deambular nocturno y determinado.
Impenitente
en su pensar nebuloso, y determinado en ir a ninguna parte. En el día rodeando
su cuartucho buscando la sombra que este gentil e irremediablemente le daba y
de noche el caminar sin aliento a su alrededor, con el fardo a cuestas lleno de
ilusiones que con el tiempo ya se hacía imposible de cargar.
Hasta
que llegó su libertad, pero no como el lo hubiere imaginado sino con la
inevitable realidad de la vida, el día, uno cualquiera de tantos, que decidió
darle el frente a la luz del sol y se quedó sentado en un mismo lugar y cuando lo cubrió la noche,
permaneció allí sentado en la arena, recostado a la pared de barro del hueco
que le servía de refugio, imperturbable e inconsciente y en un instante de
lucidez inocua también decidió no ir a su continuo vagar a algún lugar detrás
de algo que durante muchas noches de caminar sin rumbo no había encontrado al
no saber que era lo que estaba buscando.
Y
así llegó la nueva mañana y la noche, y otra mañana y otra noche y él siguió
allí inmóvil para siempre sin haber encontrado su anhelado destino, pero que
inexorablemente este sin buscarlo lo había encontrado a él.
El
sol calentaba pertinaz y sofocante lo que despertó al hombre que sobresaltado
no supo que hacia en medio del sol, solo atino a levantarse para entrar apresurado al cuartucho sin
comprender si lo que veía era que lo había soñado o era la realidad de su
diario vivir.
Por
Euclides Vargas Johnson
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